
El cantón Píllaro es tierra de tradición y familiaridad. Está localizado al norte de la ciudad de Ambato, en la provincia de Tungurahua. Y, durante seis días, será escenario de un evento inolvidable para todo aquel que llegue a esta tierra. Anualmente sus calles dan la bienvenida a propios y extraños al inframundo.
Avanzando hacia la parte más alta de la ciudad, llegamos al tradicional barrio Tunguipamba. Su plaza central es una cancha de cemento con una cubierta de metal que cobra vida y se llena de sonido mientras avanza el día. Aunque el sol golpea fuerte contra el asfalto, no es el culpable del calor que ya se siente en el aire. Son las llamas del infierno las que rodean la ciudad porque hoy empieza la Diablada Pillareña.
Son las 10 de la mañana. Los dirigentes del grupo de bailarines, conocido como ‘Partida’, están de pie en la plaza, el punto de inicio del día. Pulen los últimos detalles antes de que la gente empiece a llegar. El valor de ingreso, el recorrido a seguir, el lugar de llegada, todo debe estar preparado. Los primeros en llegar son los integrantes de la banda musical. Bajan sus instrumentos de los autos y los afinan. Las primeras notas empiezan a sonar, el bombo se une a la melodía y le marca el ritmo.
La música llama a los bailarines. Familias enteras se congregan en el lugar con maletas repletas de trajes y caretas colgadas de los brazos. La fiesta invita a unirse a los que viven ahí, a los que se fueron a otra ciudad, incluso a los que traspasaron las fronteras de otros países. Hoy, cada alma regresa, todos vuelven a ese solar querido. La melancolía de volver a lugar donde crecieron y, el orgullo de haber nacido ahí, se mezclan en las expresiones de la gente que se reencuentra con su familia o amigos.
Cuando un considerable número de personas se encuentra reunido, inician el recorrido hacia el parque central de Píllaro. Deben estar ahí a la una en punto y el recorrido es largo. Bajan al centro bailando con la música de la banda que sólo se detiene cierto tiempo para recuperar las fuerzas. Algunos dirigentes adelantan el viaje en auto para verificar quiénes esperamos la Partida unas calles más abajo que otros. Cada uno, esperando para ser parte de la Partida.

No puedo evitar mirar todo lo que está en mi entorno. Los rostros que aún no se ocultan y los que ya dejaron la piel de lado para usar los trajes de los diferentes personajes. El calor me inunda y los nervios comienzan a hacerse presentes pero los vence la alegría que siento al estar ahí. La expectativa me mantiene alerta y comienzo a reconocer a quienes me acompañarán en la Partida de este año.
Los diablos que comienzan a rodearme, presumen sus coloridos trajes mientras se visten con ellos. Las blusas y pantalones de satín y tela espejo brillan con la luz del sol. Con los pañuelos que llevan, tapan sus cabezas para que nadie los pueda reconocer. Las zapatillas Venus de color negro, contrastan con el color carne de las medias. Los cuernos de venado, toro y borrego adornan las caretas que usan sobre el rostro y, sobre sus cabezas, relucen las coronillas de cartón y celofán o las abrigadas pelucas de chivo. En una mano llevan ají o animales disecados para molestar a la gente. En la otra sostienen un látigo de cuero y pata de animal, conocido como acial. Sus risas se entremezclan con el sonido del choque sobre el suelo y sus voces cambian a un tono más grave debido a las caretas que usan.
Las guarichas, por otra parte, estamos cubiertas de camisones. Los decoramos con cintas de colores, lazos, espejos, monedas y billetes. Nuestra identidad está escondida con pañuelos en el cuello, un sombrero con cintas y una máscara de malla. También llevamos otro pañuelo colgado de los hombros como una capa y completamos el traje con una botella de licor o un muñeco que representa a nuestro guagua. Somos carishinas, no hacemos lo que, se supone, debe hacer una mujer. Nosotras festejamos con el hijo en brazos, bebemos y coqueteamos con quienes queremos, no tenemos remordimientos, disfrutamos esos pedazos de libertad.
Las parejas de línea se unen al cortejo, bailan con el grupo grande desde el barrio. Los hombres llevan el pantalón de terno y la camisa blanca, retocan su vestimenta con el pañuelo como capa y el sombrero lleno de celofán. Las mujeres usan un elegante vestido y, sobre la cabeza, una corona cubierta con un pañuelo. Las manos de ambos sostienen con firmeza pañuelos blancos. Bailan con pasos simples y monótonos que no tienen la misma energía que imprimen los diablos o las guarichas. Se burlan de los hacendados blancos y sus rectos bailes de salón.
A lo lejos, veo un capariche. Su poncho color rojo destaca junto a su pantalón blanco. Es ese indígena que limpiaba las calles de la ciudad hace mucho tiempo. También lleva máscara de malla y su infaltable escoba de espinos que, ahora ya no barre la basura de la calle, sino que abre el camino a los bailarines, ahuyentando a los distraídos que impiden el paso de la Partida.
Los rostros de todos se ocultan tras las caretas, las máscaras de malla, los pañuelos, el maquillaje y los abalorios. Sin embargo, todos tenemos un objetivo en común, nuestra identidad hará retumbar la tierra con música, baile y humor.
Estamos en la calle que lleva al parque y frente a nosotros baila la comitiva de la parroquia Marcos Espinel. Tiene tantos bailarines que avanza con lentitud. Los cabecillas de ambas partidas intentan evitar que se repitan las peleas de antaño. Cuando los encuentros de estos grupos terminaban en un intercambio de golpes y trajes destruidos. El sol aumenta su brillo y sentimos, cada vez más, cómo los trajes irradian calor. Sin embargo, nadie renuncia al reto que nos espera e impacientes gritamos: ¡Banda!
La música inicia de nuevo al son de un sanjuanito y suena el tradicional ‘Soldado de Cristo’. El corazón se agita en el pecho, el alma se llena de gozo y el cuerpo adquiere fuerza, la partida va a comenzar.
Las guarichas gritamos y saltamos, los diablos hacen sonar sus aciales contra el pavimento. La partida del frente avanza y, tras ella, el barrio Tunguipamba hace su triunfal entrada al centro del cantón Píllaro. Las notas musicales nos inundan de alegría y vitalidad. La calle es estrecha, vamos un poco amontonados. A más de uno nos cae el golpe de un acial en la pierna o un cuerno nos golpea tras la cabeza pero sólo podemos ahogar el grito de dolor y seguir adelante. Hoy nada detiene el avance del infierno.
Llegamos al parque y la banda cambia al ritmo de tonada y llena las calles del sonido de aquella canción que nos devuelve al hogar, están entonando ‘Píllaro Viejo’. Todos los participantes gritan. Se nos hincha el pecho de orgullo.
Las guarichas giramos con más ímpetu creando remolinos con las cintas. «Píllaro viejo, tierra querida, donde mi vida terminaré» cantan los asistentes sean propios o extraños. Los diablos gritan, amplificados por las máscaras: ¡atatay!, ¡arrarray!, ¡achachay! y, de vez en cuando, un ¡Viva Píllaro, carajo!
Bailamos frente a la iglesia, cuyas puertas permanecen cerradas. Aunque la fiesta no tiene nada que ver con la religión, más de un cura sufrió enojos y dolores de cabeza por la presencia de los seres infernales. «Aquí adoran al diablo» repiten furiosos. Organizan pases del niño o se niegan a dar misa pero nada parece funcionar con la gente que, sin falta, se congrega a festejar.
Las botellas de trago circulan entre los presentes que disfrutan al ver el infierno que domina las calles del amado terruño. Algunos jóvenes gritan ¡cariñito, cariñito! buscando que una guaricha brinde de su botella. La mía está llena de jugo mezclado con ají. El olor que emana es insoportable. Me acerco a la gente que me llama, miro en sus sonrisas la ingenuidad, les acerco mi botella y les doy a beber un poco del brebaje y salgo corriendo. A lo lejos veo sus caras volverse rojas y retorcerse en muecas de asco. Los diablos, por su parte, ponen ají en las bocas de los incautos o los asustan con los animales disecados.
El capariche da la vuelta por toda la partida barriendo los pies de la gente que molesta el paso de los danzantes. «Para que te cases con una vieja» les grita burlón con voz profunda y firme, mientras los espinos de su escoba golpean y hacen que más de uno salte de dolor. Detrás de la banda, las parejas de línea siguen la coreografía ensayada todo el mes anterior. Giran mientras agitan sus pañuelos sobre la cabeza y vuelven a su monótono paso.
Luego de dar una vuelta al parque, llegamos al sitio de descanso. Los bailarines descubrimos nuestros rostros. Las caretas y máscaras de malla o los pañuelos se retiran y dan paso a varias caras que ahora brillan con el sudor, algunas guarichas lucimos la piel quemada por el sol.
En el patio de la casa donde nos reunimos a descansar, hay puestos de fritada y empanadas para que podamos comer antes de bailar de nuevo. El olor de la carne abre nuestro apetito mientras buscamos un lugar vacío para sentarnos. Nuestros estómagos rugen y vaciamos una botella de agua tras otra debido al cansancio. Las respiraciones agitadas a causa de la extenuación se mezclan con las risas provocadas por las travesuras que hicimos durante el camino de ida y con el sonido de la boca arrancando un pedazo de carne.
La comida, el trago y el baile toman el control del lugar con la llegada de amigos y familiares. La banda continúa tocando y cuando paran para comer suena un discomóvil. Los turistas están presentes, pueden notar toda la alegría de la fiesta, sus cuerpos bailaban al ritmo de la música de la banda, ellos también quisieron entrar al infierno, mientras otros toman fotos y graban videos.
Cuando volvemos a salir, la mayoría de gente ya está entonada, el licor hizo de las suyas en sus cuerpos. Sin embargo, no es excusa para retirarse. Con el mismo o un mayor ánimo que antes, repetimos la vuelta al parque. El grupo de gente disminuyó, muchos ya emprendieron el regreso a sus casas. Algunos bailarines ya están sin máscaras, tal vez porque su peso ahora se siente más o porque el alcohol ganó la partida, el olor a licor que tienen incomoda a varias personas. Los golpes de los aciales caen accidentalmente sobre el público que también ahoga los gritos e insultos y sigue disfrutando del baile.
Son las seis de la tarde y el grupo de Tunguipamba también regresa, por las mismas calles, a su plaza central. Cerca de las ocho de la noche, llega, con un cansancio general, pero el baile no para. El frío no los detiene. No importa que al día siguiente hay que ir al trabajo, la escuela o el colegio.
Cuando ya no queda más comida o trago y la mayoría no puede mantenerse en pie, el día termina, entonces, van a dormir y a prepararse para la siguiente partida en un par de días. Quienes vivimos en otras ciudades nos retiramos para volver a la rutina y a esperar que sea sábado para volver y bailar nuevamente.
Los días siguientes la ciudad de Píllaro se paraliza. Muchos faltan a sus actividades diarias. No tienen tanto público, casi nadie grita ¡cariñito¡ o responde el ¡Viva Píllaro!, pero salen bailando de todas maneras.
Para todos nosotros, el año inicia oficialmente el 7 de enero. Los que bailaron vestidos de rojo y adornados con cuernos asisten fervientemente a la Misa del Niño. El párroco, todavía molesto, abre de nuevo la iglesia e intenta olvidar que todos sus feligreses fueron demonios por unos días. Después de todas las luchas del párroco por mantener la calma en la ciudad, fue derrotado, el infierno tomó las riendas de las almas y, durante los primeros seis días del año nuevo, en Píllaro, los diablos reinaron en las calles.

