Alrededor de 1 de cada 20 adolescentes presenta riesgo de dependencia de la IA en el ámbito académico

La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta habitual para millones de estudiantes. Sin embargo, cuando deja de ser un apoyo y se transforma en una necesidad para realizar tareas escolares, puede aparecer un nuevo riesgo: la AIlessphobia, un concepto que describe el miedo o la ansiedad que experimentan algunos alumnos al sentir que no pueden afrontar sus actividades académicas sin recurrir a la IA.

Un estudio realizado con 1.905 adolescentes identificó que cerca del 4,7 % del alumnado, aproximadamente uno de cada 20 estudiantes, presenta señales de riesgo de desarrollar esta dependencia. La investigación fue liderada por Joaquín González-Cabrera, investigador de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), y responsable principal del estudio sobre AIlessphobia.

Entre las principales señales de alerta se encuentran el bloqueo o la ansiedad cuando no es posible utilizar herramientas como ChatGPT, la pérdida de confianza en las propias capacidades académicas y el uso automático de la IA para resolver tareas sin realizar un intento previo. El riesgo no radica en la tecnología, sino en que el estudiante deje de practicar habilidades esenciales como la comprensión, el razonamiento, la escritura, la memoria o la autonomía.

El uso de la inteligencia artificial, por sí mismo, no representa un problema. Buscar información, resolver dudas o solicitar ejemplos puede enriquecer el aprendizaje cuando la herramienta complementa el trabajo del estudiante. La diferencia aparece cuando la IA deja de ser un recurso de apoyo y se convierte en una condición indispensable para estudiar, hasta el punto de generar inseguridad o impedir que el alumno pueda explicar con sus propias palabras aquello que entrega.

Para identificar si la tecnología favorece realmente el aprendizaje, González-Cabrera recomienda que el alumnado presente evidencias del proceso, como un intento inicial elaborado sin ayuda, una explicación de cómo utilizó la IA y una defensa oral o escrita de los conocimientos adquiridos. Si el estudiante comprende, argumenta y justifica sus respuestas, la herramienta está cumpliendo una función educativa; si únicamente entrega un resultado que no puede explicar, probablemente ha sustituido el aprendizaje.

Frente a esta realidad, la respuesta no pasa por prohibir la inteligencia artificial, sino por recuperar progresivamente la autonomía del estudiante. Esto implica fomentar que primero intente resolver las actividades por sí mismo, utilizar la IA como apoyo para aclarar dudas o mejorar su trabajo y, finalmente, contrastar la información y reflexionar sobre el proceso seguido.

Las instituciones educativas también desempeñan un papel clave. Establecer normas claras sobre cuándo y cómo utilizar la IA, rediseñar las tareas para valorar el proceso de aprendizaje y fortalecer competencias como la lectura, la escritura, el pensamiento crítico y la creatividad son algunas de las medidas necesarias para aprovechar el potencial de estas herramientas sin comprometer el desarrollo académico.

«La pregunta ya no es si los estudiantes usarán inteligencia artificial, sino si aprenderán a utilizarla sin perder su autonomía», concluye González-Cabrera. El desafío para la educación consiste en lograr que la IA sea una aliada para aprender mejor y no una sustituta del pensamiento propio.

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